Nana
Nana Los camareros levantaron el servicio obedeciendo las órdenes del maestresala. Se precipitaron, se atropellaron e hicieron desaparecer la mesa, como un decorado de magia al silbido del jefe de los tramoyistas. Aquellas señoras y aquellos caballeros tenían que regresar al salón una vez hubiesen tomado el café.
—Caramba, aquí hace menos calor —dijo Gagá estremeciéndose ligeramente al entrar en el comedor.
La ventana de aquella pieza había permanecido abierta. Dos lámparas iluminaban la mesa, en donde estaba servido el café y había los licores. Sin sillas, se bebió el café en pie mientras el jaleo de los camareros aumentaba en el salón.
Nana había desaparecido, pero nadie se inquietaba por su ausencia. Lo pasaban perfectamente sin ella, y cada uno se servía, buscando en los cajones del aparador las cucharillas que faltaban. Se habían formado varios grupos; las personas separadas durante la cena se reunieron, y se cambiaron miradas, risas significativas y palabras que resumían las situaciones.
—¿No es cierto, Auguste —dijo Rose Mignon—, que el señor Fauchery debería venir a almorzar uno de estos días?