Nana
Nana Mignon, que jugueteaba con la cadena de su reloj, envolvió durante un segundo al periodista con su severa mirada. Rose estaba loca. Como buen administrador pondría orden a tanto desbarajuste. Por un artículo, sea, pero en seguida puerta cerrada. No obstante, como sabía el poco juicio de su esposa, y como tenía por norma permitirle paternalmente una tontería cuando era necesario, respondió, amable:
—Claro que sí; estaré muy encantado. Venga mañana, señor Fauchery.
Lucy Stewart, que charlaba con Steiner y Blanche, escuchó aquella invitación. Alzando la voz, dijo al banquero:
—Es la rabia que tienen todas. Hay una que hasta me robó mi perro… Veamos, querido, ¿acaso es culpa mía si usted la abandona?
Rose volvió la cabeza. Bebía su café a sorbitos mientras miraba a Steiner fijamente, muy pálida, y toda la cólera contenida en su abandono apareció en sus ojos como una llama. Ella veía más que Mignon; era una majadería pretender un asunto como el de Jonquier, pues tales maquinaciones no resultaban dos veces. Tanto peor. Tendría a Fauchery, del que se encaprichó en la cena, y si Mignon no estaba satisfecho, esto le enseñaría para otra vez.
—¿No irán a batirse? —le dijo Vandeuvres a Lucy Stewart.