Nana
Nana —No, no tenga miedo. Pero que esté tranquila o saco los trapitos al sol.
Y llamando a Fauchery con gesto imperioso, dijo:
—Querido, tengo tus zapatillas en casa. Haré que se las lleven mañana a tu portero.
Él quiso bromear, pero ella se alejó con aires de reina. Clarisse, que se apoyaba en una pared con el deseo de beber tranquilamente un vaso de kirsch, se encogió de hombros. ¡Bonitos desplantes para un hombre! ¿Acaso, desde el momento en que dos mujeres se encontraban reunidas con sus amantes, la primera idea no era la de quitárselos? Eso era lo reglamentado. Ella, por ejemplo, si hubiese querido, habrÃa arrancado los ojos a Gagá por culpa de Héctor. ¡Ah, sÃ! Le tenÃa sin cuidado. Luego, cuando Héctor cruzó ante ella, se limitó a decirle:
—Vaya, si que te gustan mayorcitas. Ya no son maduras, sino pasadas las que necesitas.
Héctor pareció muy humillado. Estaba inquieto. Al ver que Clarisse se burlaba de él, tuvo sospechas.
—Nada de bromas —murmuró—. Tú me cogiste el pañuelo; devuélvemelo.
—Va a fastidiarnos con su pañuelo —exclamó ella—. A ver, idiota, ¿por qué habrÃa de cogértelo?
—Pues —dijo él con desconfianza— para enviárselo a mi familia y comprometerme.