Nana
Nana Mientras, Foucarmont no paraba de beber y seguía riendo socarronamente mirando a Labordette, que tomaba café con las señoras y soltaba frases sin acabar de concretar lo que quería decir. Para unos, hijo de un tratante de ganado, y otros decían que era el bastardo de una condesa; nada claro, pero siempre con veinticinco luises en el bolsillo; el criado de las mujeres, un bribón que no se acostaba nunca…
—¡Jamás, jamás! —exclamaba irritado—. No, ya lo veis; tengo que abofetearle.
Vació un vasito de Chartreuse. El Chartreuse no le hacía el menor daño. «Ni tanto así» decía, y hacía chascar la uña de su pulgar en el borde de los dientes. Pero de pronto, en el momento en que avanzaba hacia Labordette, palideció y se derrumbó ante el aparador como un fardo. Estaba borracho como una cuba.
Louise Violaine se quedó desolada. Ya decía ella que aquello acabaría mal; tendría que pasar el resto de la noche cuidándole. Gagá la tranquilizó examinando al oficial con ojo de mujer experimentada; dijo que no era nada y que el curda dormiría doce o quince horas seguidas. Se llevaron a Foucarmont.
—A ver ¿dónde está Nana? —preguntó Vandeuvres.