Nana
Nana Justo, Nana había desaparecido al levantarse de la mesa. Ahora se acordaban de ella y todos la reclamaban. Steiner, inquieto desde hacía un momento, preguntó a Vandeuvres por el anciano aquél, que también había desaparecido. Pero el conde le tranquilizó, pues acababa de acompañar al viejo a la salida, un extranjero, del que era inútil decir el nombre, un sujeto muy rico que se contentaba con pagar las cenas.
Luego, cuando se olvidaban nuevamente de Nana, Vandeuvres descubrió a Daguenet, que asomaba la cabeza por una puerta y lo llamaba con un ademán. Y en el dormitorio encontró a la dueña de la casa sentada, rígida, los labios blancos, mientras Daguenet y Georges, de pie, la contemplaban con gesto consternado.
—¿Qué tiene? —preguntó sorprendido el conde.
Ella no respondió, ni siquiera volvió la cabeza. Él repitió su pregunta.
—¡Pues tengo —gritó ella—, que no quiero que se burlen de mí en mi casa!