Nana
Nana Entonces soltó mil pestes. Sí, sí, ella no era una imbécil y lo veía claro. Se habían burlado de ella durante la cena, diciendo barbaridades para demostrar que la despreciaban. ¡Un hatajo de marranas que no le llegaban a la suela de los zapatos! Y se había desvivido por agasajarles, para que la despedazasen inmediatamente. Aún no sabía qué la retenía y no ponía a toda aquella gentuza de patitas en la calle. Y, ahogándola la ira, la voz se le rompió en sollozos.
—Vamos, pequeña; estás borracha —dijo Vandeuvres tuteándola—. Tienes que ser razonable.
Contestó que no quería y que se quedaría allí.
—Es posible que esté borracha, pero quiero que me respeten.
Desde hacía un cuarto de hora, Daguenet y Georges le suplicaban inútilmente que volviese al comedor. Ella, terca, decía que sus invitados podían hacer lo que quisieran, que los despreciaba tanto que no volvería a su lado. ¡Nunca, nunca! Aunque la hicieran pedazos, se quedaría en su habitación.
—Debí suponérmelo —prosiguió—. Es ese camello de Rose quien tramó el complot. Ahora estoy en que Rose impidió que viniese esa señora decente a quien esperaba esta noche.