Nana
Nana Hablaba de la señora Robert. Vandeuvres le dio su palabra de honor de que la señora Robert se negó por sí misma. Escuchaba y discutía sin reír, acostumbrado a aquellas escenas, sabiendo cómo debía tratarse a las mujeres que se encontraban en semejante estado. Pero cuando trataba de cogerla de las manos para levantarla de la silla y llevársela, ella se revolvía con mayor cólera. Nadie la convencería, por ejemplo, de que Fauchery no había impedido que el conde Muffat viniese. Ese Fauchery era una verdadera serpiente, un envidioso, un hombre capaz de encarnizarse con una mujer y destruir su felicidad. Porque al fin lo sabía: el conde estaba encaprichado con ella. Ella hubiera podido tenerlo.
—¿Él, querida? ¡Jamás! —exclamó Vandeuvres, olvidando su aplomo y riendo.
—¿Por qué no? —preguntó ella, algo más despejada.
—Porque siempre anda entre curas, y si la tocase con la punta de los dedos, iría a confesarlo al día siguiente… Siga un buen consejo. No deje escapar al otro.