Nana

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Por un momento se quedó silenciosa, reflexionando. Luego se levantó para ir a lavarse los ojos, pero cuando quisieron llevarla al comedor, volvió a gritar furiosamente que no. Vandeuvres abandonó el dormitorio con una sonrisa y sin insistir más. Y cuando salió, Nana sufrió una crisis de ternura y se arrojó a los brazos de Daguenet repitiendo:

—Ah, querido Mimí, nadie como tú… ¡Te amo, sí! Te amo mucho. ¡Qué dicha si pudiéramos vivir siempre juntos! ¡Dios mío, qué desgraciadas somos las mujeres!

Luego, viendo que Georges se ponía muy encarnado al ver cómo se besaban, también lo abrazó y le besó. Mimí no podía tener celos de un crío. Quería que Paul y Georges siempre estuviesen de acuerdo, porque sería muy agradable estar así, los tres juntos, sabiendo que se querían mucho.

Pero un extraño ruido les llamó la atención; alguien roncaba en la alcoba. Entonces, después de buscar, descubrieron a Bordenave, que luego de tomarse su café debió instalarse allí cómodamente. Dormía sobre dos sillas, la cabeza apoyada en la cama y la pierna estirada.


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