Nana
Nana Nana lo encontró tan gracioso con la boca abierta y la nariz hinchándosele a cada soplido, que se echó a reír como una loca. En el acto salió de la habitación seguida de Daguenet y de Georges, atravesó el comedor y entró en el salón riendo escandalosamente.
—¡Ah, querida! —dijo echándose casi en brazos de Rose—. No puede hacerse idea. Venga a ver esto.
Todas las mujeres tuvieron que seguirla. Las cogía de las manos con caricias y las arrastraba en un arranque de jovialidad tan franco que todas rieron confiadas. La banda desapareció y luego regresó, después de estar un minuto sin casi respirar contemplando a Bordenave, instalado magistralmente.
Y estallaron las carcajadas. Cuando una de ellas pedía silencio, se oían a lo lejos los ronquidos de Bordenave.
Ya eran cerca de las cuatro. En el comedor habían preparado una mesa de juego, a la que se sentaron Vandeuvres, Steiner, Mignon y Labordette. De pie, tras ellos, Lucy y Caroline apostaban, y Blanche, adormilada y descontenta de su noche, preguntaba cada cinco minutos a Vandeuvres si iban a marcharse en seguida.
En el salón trataban de bailar. Daguenet se sentaba al piano, a la cómoda, según decía Nana; Mimí ejecutaba valses y polcas a medida que se los pedían. Pero el baile languidecía, las señoras hablaban entre sí, amodorradas en los sofás.