Nana
Nana De pronto se oyó un alboroto. Once jóvenes que llegaban en bandada reían abiertamente en la antesala y se empujaban hacia la puerta del salón; salían del baile del Ministerio del Interior, en frac y corbata blanca, con rosetas de cruces desconocidas. Nana, indignada ante aquella entrada tan escandalosa, llamó a los camareros, que estaban en la cocina, y les ordenó que echasen a aquellos señores fuera, jurando que nunca los había visto.
Fauchery, Labordette, Daguenet y todos los hombres avanzaron para obligar a que respetasen a la dueña de la casa. Se cruzaron palabras gruesas y se levantaron los brazos. Por un momento dio la impresión de que se oirían bofetadas, pero un rubito de aspecto enfermizo repetía con insistencia:
—Vamos, Nana… la otra noche, en casa de Peters, en el gran salón rojo… Acuérdese: usted nos invitó.
¿La otra noche en casa de Peters? No se acordaba de nada. ¿Qué noche fue ésa? Y cuando el rubito le dijo el día, el miércoles, ella recordó haber cenado el miércoles en casa de Peters, pero no había invitado a nadie; estaba casi segura.
—Sin embargo —murmuró Labordette, que empezaba a tener sus dudas—, si los invitaste… Tal vez estuvieses un poco alegre.