Nana

Nana

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Entonces Nana se echó a reír. Era posible, pero no se acordaba. En fin, ya que aquellos señores estaban allí, podían entrar. Todo se arregló y varios de los recién llegados encontraron amigos en el salón, con lo que el escándalo acabó en apretones de manos.

El rubito de aspecto enfermizo tenía uno de los apellidos más ilustres de Francia. Y anunciaron que aún vendrían más, lo que era cierto, pues a cada momento se abría la puerta, presentándose caballeros de rigurosa etiqueta que salían del baile del Ministerio.

Fauchery, burlándose, preguntó si no estaba con ellos el ministro, y Nana, ofendida, replicó que el ministro iba a casas peores que la suya. De lo que no hablaba era de su esperanza de ver entrar al conde Muffat entre aquel cortejo. Podía haber cambiado de parecer y sin dejar la conversación con Rose, espiaba la puerta.

Dieron las cinco. Ya no se bailaba. Sólo los jugadores seguían en su sitio. Labordette había cedido su puesto, las señoras volvieron al salón.

Una somnolencia de velada prolongada invadía el ambiente bajo la luz temblona de las lámparas, cuyas mechas carbonizadas enrojecían los globos. Aquellas señoras estaban en esa hora de vaga melancolía en que sienten la necesidad de contar su vida.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker