Nana

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Blanche de Sivry hablaba de su abuelo, el general, mientras Clarisse inventaba una novela: un duque que la había seducido en casa de su tío, adonde iba a cazar jabalíes, y las dos, dándose la espalda, se encogían de hombros y preguntaban si era posible contar aquellos cuentos. Lucy Stewart, por su parte, confesaba tranquilamente su origen, y se relamía hablando de su juventud, cuando su padre, engrasador del ferrocarril del Norte, le regalaba cada domingo una tarta de manzana.

—Dejadme que os cuente —gritó bruscamente la pequeña María Blond—. Frente a mi casa vive un señor, un ruso, vaya, un hombre inmensamente rico. Pues ayer recibí un canastillo de frutas. ¡Un canastillo de frutas! Melocotones enormes, uvas así de gordas, vaya, algo extraordinario para la estación… Y en medio, seis billetes de mil… Era el ruso. Naturalmente, todo se lo devolví, pero lo sentí mucho, sobre todo por la fruta.

Las señoras se miraron unas a otras y se mordieron los labios. A su edad, la pequeña María Blond tenía mucho tupé. ¡Como si esas historias les sucedieran a las de su especie! Entre ellas se profesaban el más profundo desprecio. Sobre todo estaban celosas de Lucy, tan orgullosa con sus tres príncipes. Desde que Lucy daba todas las mañanas un paseo a caballo por el bosque, que fue lo que la lanzó, todas montaban a caballo, con la rabia en el cuerpo.


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