Nana

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Estaba a punto de amanecer. Nana apartó los ojos de la puerta, perdiendo toda esperanza. Se aburrían a rabiar. Rose Mignon se había negado a cantar La Pantoufle, apoltronada en el sofá, hablaba en voz baja con Fauchery, mientras esperaba a Mignon, que le ganaba unos cincuenta luises a Vandeuvres. Un señor gordo y de cara seria, acababa de recitar El Sacrificio de Abraham, en un dialecto de Alsacia:

Cuando Dios jura, dice:

«Sagrado nombre mío»,

pero Isaac responde siempre:

«Sí, papá».

Pero como nadie le entendía, el romance pareció estúpido.

Nadie sabía qué hacer para divertirse, para concluir alegremente la noche. Labordette pensó si denunciar a las mujeres al oído de Héctor de la Faloise, que las iba siguiendo para ver si alguna llevaba su pañuelo en el cuello. Luego, como aún quedaban botellas de champaña en el aparador, los jóvenes se pusieron a beber nuevamente.

Entonces aquel rubito cuyo apellido era uno de los más ilustres de Francia, deseando inventar algún juego y desesperado por no encontrar nada que les divirtiese, tuvo una idea: cogió una botella de champaña y la vació en el piano. Los otros le imitaron.


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