Nana
Nana Más allá, sentados en un sofá, el agregado de una Embajada tenía un brazo sujetando a Simonne por la cintura y trataba de besarle el cuello, pero Simonne, hastiada y malhumorada, lo rechazaba cada vez con un «No me fastidies» y dándole con el abanico en la cara. Además, ninguna quería que la tocasen. ¿Acaso las tomaban por mujerzuelas? Entre tanto, Gagá, que consiguió atrapar a Héctor, casi lo tenía sobre sus rodillas, y Clarisse se zafó de dos señores y se alejó riendo nerviosamente, lo mismo que si le hiciesen cosquillas. En el piano seguían el mismo juego, estúpidamente alegres y queriendo cada uno echar dentro el champaña que le quedaba en su botella. Era una idiotez que les hacía gracia.
—Toma, vejete mío; bebe un trago… Caramba con la sed que tiene este piano… ¡Atención, aquí hay otra! Hasta la última gota.