Nana

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Nana estaba de espaldas a ellos y nos les veía. Decididamente se consagraba al gordo Steiner, sentado a su lado. Pues peor para Muffat, que no quiso ir. Con su vestido de seda blanco, ligero y coquetón como una camisa, con su principio de embriaguez, pálida y mirando al suelo, se ofrecía con aire de buena muchacha. Las rosas que se había puesto en el cabello y en el corpiño se habían deshojado, y sólo quedaba el tallo. Pero Steiner retiró rápidamente la mano de sus faldas, pues acababa de pincharse con los alfileres que puso Georges. Le salieron algunas gotas de sangre, y una gota le cayó sobre el vestido y se lo manchó.

—Esto es una firma —dijo Nana seriamente.










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