Nana

Nana

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Apuntaba el día. Una claridad dudosa, de una extremada tristeza, penetraba por las ventanas. Entonces empezó la evasión, una desbandada presidida por el malhumor y el tedio. Caroline Héquet, fastidiada por haber perdido su noche, dijo que había que irse si no se quería ver lo que no se debía ver. Rose se las daba de mujer comprometida. Siempre ocurría lo mismo con esas mujeres; no sabían comportarse y resultaban desagradables. Mignon había desplumado a Vandeuvres y el matrimonio se fue sin preocuparse de Steiner y repitiendo su invitación al periodista para el día siguiente. Entonces Lucy se negó a que la acompañase Fauchery, a quien le gritó que se fuese con su comiquilla. Al oír esto, Rose se revolvió y gruñó un «¡Cochina zorra!» entre dientes. Pero Mignon, paternal siempre ante las peleas de mujeres, y de vuelta de todo, la empujó hacia fuera, aconsejándole que no hiciese caso. Detrás de ellos, y sola, Lucy bajaba la escalera como una reina.

Después le llegó el turno a Héctor de la Faloise, a quien Gagá se tuvo que llevar, enfermo y sollozando como un chiquillo y llamando a Clarisse, quien se había ido mucho antes con sus dos señores. Simonne también había desaparecido, y no quedaban más que Tatán, Léa y María, de quienes Labordette, compadecido, tuvo que encargarse.

—Es que yo todavía no tengo sueño —repetía Nana—. Habrá que hacer algo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker