Nana

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Nana tuvo que despertar a Zoé, que dormía en una silla en el tocador. El gas seguía encendido. Zoé se estremeció mientras ayudaba a la señora a ponerse el sombrero y el abrigo.

—En fin, ya está; he hecho lo que tú querías —dijo Nana en un arranque de expansión, aliviada por haberse decidido—. Tenías razón; lo mismo da el banquero que otro.

La doncella estaba malhumorada y somnolienta. Gruñó que la señora hubiera debido decidirse la primera tarde. Luego, como la seguía, le preguntó al pasar por el dormitorio qué debía hacer con aquellos dos. Bordenave continuaba roncando. Georges, que había ido disimuladamente a hundir la cabeza en una almohada, acabó por dormirse con su ligero aliento de querubín.

Nana dijo que les dejase dormir, pero se enterneció nuevamente al ver entrar a Daguenet, quien la espiaba en la cocina y estaba muy triste.

—Vamos, mi querido Mimí; sé razonable —dijo ella cogiéndole de los brazos y besándole con toda clase de mimos—. No ha cambiado nada; sabes que siempre serás mi Mimí adorado… ¿No es cierto? Era preciso. Te juro que aún seré más amable. Ven mañana y combinaremos las horas… Anda, abrázame como tú sabes… ¡Más fuerte, más fuerte!

Y escapó para reunirse con Steiner, feliz y terca en su idea de beber leche.


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