Nana
Nana En el aposento vacÃo quedaba Vandeuvres, solo, con el señor condecorado que recitó el Sacrificio de Abrahám, los dos clavados a la mesa de juego, sin saber dónde estaban ni viendo que era de dÃa; Blanche mientras, decidió acostarse en un sofá, queriendo dormir.
—¿Estás ahÃ, Blanche? —gritó Nana—. Vamos a beber leche, querida… Ven con nosotros; a Vandeuvres lo tendrás aquà cuando volvamos.
Blanche se levantó perezosamente. La cara congestionada del banquero palideció de contrariedad ante la idea de llevarse a aquella gordinflona que sólo servirÃa para molestarle. Pero las dos mujeres lo tenÃan cogido, y repetÃan:
—Queremos que la ordeñen delante de nosotras.