Nana
Nana —Eh, muchachos —observó Mignon—, ya os debe tocar.
SÃ, en seguida. Aún estaban en la cuarta escena. Sólo Bosc se levantó con el instinto del practicón que presiente su salida. Precisamente el avisador aparecÃa en la puerta.
—Señor Bosc, señorita Simonne —llamó.
Simonne se echó con rapidez un abrigo de pieles sobre los hombros y salió. Bosc, sin apresurarse, fue a buscar su corona, que se colocó de un golpe en la frente: luego, arrastrando su capa y mal sostenido por sus piernas, se fue gruñendo, con gesto de hombre a quien han fastidiado.
—Ha sido muy amable en su última crónica —repuso Fontan dirigiéndose a Fauchery—. ¿Pero por qué dice que los comediantes son vanidosos?
—SÃ, querido, ¿por qué dices eso? —preguntó Mignon, que descargó sus manazas sobre los flacos hombros del periodista, quien casi se dobló.