Nana
Nana Prullière y Clarisse contuvieron la carcajada. Desde hacía algún tiempo todo el teatro se divertía con una comedia que se representaba entre bastidores. Mignon, furioso por el capricho de su esposa, vejado al ver que Fauchery no aportaba al matrimonio más que una publicidad discutible, imaginó vengarse de él colmándole de pruebas de amistad, y cada tarde, cuando lo encontraba en el escenario, lo molía a golpes como impulsado por un exceso de ternura, y Fauchery, raquítico al lado de aquel coloso, debía aceptar los manotazos sonriendo contrariado, para no enfadarse con el marido de Rose.
—Pero, muchacho; insultas a Fontan —agregó Mignon siguiendo la broma—. ¡En, guardia! Una, dos, y ahora al pecho.
Y se tiró a fondo, arreándole tal mamporro que el joven palideció y se quedó sin habla. Con un guiño, Clarisse señaló a los demás la presencia de Rose Mignon, de pie en el umbral, quien había visto la escena. Se fue derecha al periodista, como si no viese a su marido, y poniéndose de puntillas y levantando los brazos, desnudos con su traje de Bebé, le presentó la frente con gesto de infantil zalamería.
—Buenas noches, Bebé —dijo Fauchery, besándola con familiaridad.