Nana

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Éstas eran sus revanchas. Mignon ni siquiera pareció notar el beso; todo el mundo besaba a su mujer en el teatro. Pero se rió, dirigiendo una ligera mirada al periodista, quien seguramente pagaría cara la bravata de Rose.

La puerta acolchada del pasillo se abrió y volvió a cerrarse, llegando al saloncito una tempestad de aplausos. Simonne volvía después de su escena.

—El tío Bosc ha causado un efecto… —exclamó—. El príncipe se tronchaba de risa, y aplaudía como los demás, como si fuera de la claque. Decidme, ¿conocéis al señor alto que está al lado del príncipe, en el proscenio? Qué hombre más guapo, más distinguido, con unas soberbias patillas.

—Es el conde Muffat —respondió Fauchery—. Sé que el príncipe, anteayer, en casa de la emperatriz, lo invitó a cenar para esta noche. Pronto habrá juerga.

—¿El conde Muffat? Nosotros conocemos a su suegro, ¿verdad, Auguste? —dijo Rose dirigiéndose a Mignon—. Ya sabes, el marqués de Chouard, que canté en su casa… Precisamente también está en el teatro. Le he visto en un palco. Vaya un viejo más…

Prullière, que acababa de encasquetarse su gran pluma, se volvió para llamarla.

—Eh, Rose; vamos.


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