Nana
Nana Ella le siguió corriendo, sin concluir su frase. En aquel momento la portera del teatro, la señora Bron, pasaba por delante de la puerta con un enorme ramo de flores. Simonne preguntó bromeando si era para ella, pero la portera, sin responder, señaló con la barbilla el camerino de Nana, al fondo del pasillo. ¡Era Nana…! La cubrían de flores. Luego, cuando la señora Bron regresaba, entregó una carta a Clarisse, quien dejó escapar un reniego ahogado. ¡Otra vez el pelma de Héctor de la Faloise! Y que no la dejaba en paz. Y cuando supo que la esperaba en la portería, gritó:
—Dígale que bajaré al terminar el acto… En la cara le dejaré marcados mis cinco dedos.
Fontan se precipitó, repitiendo:
—Señora Bron, espere… Oiga, señora Bron: traiga seis botellas de champaña para el entreacto.
Pero el avisador reapareció, jadeando y repitiendo, ronco casi:
—¡Todo el mundo a escena! Usted, señor Fontan, aprisa, aprisa, dese prisa.
—Sí, sí, allá voy, tío Barillot —respondió Fontan aturdido.
Y corriendo detrás de la señora Bron, repetía:
—¿Ha entendido? Seis botellas de champaña, al saloncito, en el entreacto… Es mi santo. Soy yo quien paga.