Nana
Nana Simonne y Clarisse se habían ido con un gran revuelo de faldas. Todo se esfumaba, y cuando la puerta del pasillo volvió a cerrarse sordamente, se oyó en el silencio del saloncito un nuevo chaparrón azotando la ventana. Barillot, un vejete pálido, empleado en el teatro desde hacía treinta años, se había acercado familiarmente a Mignon y le presentaba su tabaquera abierta, y la toma ofrecida y aceptada le daba un minuto de reposo en sus continuas carreras a través de la escalera y los pasillos de los camerinos. Aún quedaba la señora Nana, como él la llamaba, pero Nana no hacía más que su capricho y se burlaba de las multas; cuando quería retrasar su entrada, lo hacía. Él se detuvo asombrado, murmurando:
—Toma, ya está preparada… Debe saber que el príncipe ha llegado.
En efecto, Nana aparecía en el pasillo, vestida de verdulera, los brazos y el rostro blancos, y con dos placas de colorete bajo los ojos. Se limitó a saludar con un movimiento de cabeza a Mignon y a Fauchery, sin entrar.
—Muy buenas; ¿todo bien?