Nana
Nana Sólo Mignon estrechó la mano que ella alargaba. Y Nana siguió su camino, majestuosamente, seguida por su camarera, quien, pisándole los talones, se agachaba para arreglarle los pliegues de la falda. Luego detrás de la camarera y cerrando el cortejo, marchaba Satin, procurando darse aires de gran personaje y aburriéndose a rabiar.
—¿Y Steiner? —preguntó bruscamente Mignon.
—El señor Steiner se fue ayer a Loiret —dijo Barillot, que volvÃa al escenario—. Creo que va a comprar por allà una finca.
—Ah, sÃ; ya sé: la finca para Nana.