Nana
Nana Mignon se quedó serio. Steiner, que en otros tiempos había prometido un hotel a Rose… En fin, era preciso no enfadarse con nadie y esperar otra ocasión, si se presentaba. Abstraído en sus sueños, pero siempre superior, Mignon se paseaba de la chimenea a la consola. No quedaban más que él y Fauchery en el saloncito. El periodista, fatigado, acababa de estirarse en un gran sofá, y estaba muy tranquilo, los párpados medio cerrados ante las miradas que le echaba el otro al pasar. Cuando estaban solos, Mignon no le arreaba ni el menor guantazo, pues ¿para qué, si no había nadie que se divirtiese con la escena? Le desagradaba lo bastante para no divertirse con sus farsas de marido burlón. Fauchery, feliz por esta tregua de unos minutos, estiraba lánguidamente los pies ante el fuego, la mirada en el vacío, del barómetro al reloj. Mignon se colocó frente al busto de Potier, lo contempló sin verlo, luego volvió a la ventana, desde donde se veía el espacio sombrío del patio. Había cesado la lluvia, siguiendo un profundo silencio que aún se hacía más pesado por el mucho calor del coque y la llama de los mecheros de gas. Ni un solo ruido llegaba de los bastidores. La escalera y los pasillos parecían muertos.
Era una de esas paces ahogadas de fin de acto, cuando toda la compañía levanta en el escenario el alboroto ensordecedor de algún final mientras el saloncito vacío se adormece en un ronroneo de asfixia.