Nana
Nana Entonces Simonne, vestida de lavandera de ópera cómica, los hombros cubiertos con su piel, bajó la estrecha escalera de caracol con escalones sucios y paredes húmedas que conducía al cuartucho de la portera. La portería, situada entre la escalera de los artistas y la de la administración, y de derecha a izquierda protegida por una pared de vidrio, era como una gran linterna transparente en la que ardían dos llamas de gas. En un casillero se apilaban cartas y periódicos. Sobre la mesa había varios ramos de flores que esperaban al lado de platos sucios olvidados y de un viejo corpiño cuyos botones cosía la portera. Y en medio de aquel desván destartalado, los señores de mundo, enguantados y correctos, ocupaban cuatro viejas sillas de paja, con gesto paciente y sumiso, volviendo vivamente la cabeza cada vez que la señora Bron llegaba de los camerinos con alguna respuesta. Precisamente en aquel instante acababa de entregar una carta a un joven, que se apresuró a abrirla en el vestíbulo, debajo del mechero de gas, y que había palidecido ligeramente al encontrar esa frase clásica, leída tantas veces en aquel sitio: «No es posible esta noche, querido; estoy comprometida».