Nana
Nana Héctor de la Faloise estaba en una de aquellas sillas, al fondo, entre la mesa y la estufa; parecía dispuesto a pasarse allí toda la noche, inquieto a pesar de todo, encogiendo sus largas piernas porque una recua de gatitos negros se encarnizaban en torno suyo mientras la gata, sentada sobre sus patas, le miraba fijamente con sus ojos amarillos.
—¿Es usted, señorita Simonne? ¿Qué quiere? —preguntó la portera.
Simonne le rogó que hiciese salir a Héctor, pero la señora Bron no pudo satisfacerla en seguida.
Tenía bajo la escalera, en una especie de armario empotrado, una cantina adonde iban a beber los figurantes durante los entreactos, y como en aquellos instantes había cinco o seis diablos vestidos de danzantes de La Boule-Noire, muertos de sed e impacientes, andaba un poco de cabeza.
Un mechero de gas alumbraba el armario, y se veía una mesa cubierta por una lámina de hojalata y estantes con botellas empezadas. Cuando se abría la puerta, salía un violento tufo de alcohol que se mezclaba con el olor a grasa del cuartucho y con el penetrante perfume de los ramos abandonados sobre la mesa.
—Entonces —dijo la portera cuando hubo servido a los figurantes— es al morenito de allá a quien queréis.