Nana
Nana —No diga majaderÃas —contestó Simonne—. Es el delgaducho de la estufa, ese al que su gata le huele el pantalón.
Y se llevó a Héctor al vestÃbulo, mientras los demás se resignaban medio sofocados y los figurantes bebÃan en los peldaños de la escalera, dándose pescozones con la necia jovialidad de los borrachos.
En el escenario, Bordenave la emprendÃa contra los tramoyistas, que no acababan nunca de retirar los decorados. Lo hacÃan a propósito, para que al prÃncipe le cayese algún rompimiento sobre la cabeza.
—Asegurad, asegurad —gritaba el jefe de tramoyistas.
Por fin subió el telón de fondo y el escenario quedó libre. Mignon, que espiaba a Fauchery, aprovechó la ocasión para reanudar sus bromazos. Le estrujó entre sus brazos, gritándole:
—¡Tened cuidado! Poco ha faltado para que os aplastasen.
Lo levantó y lo zarandeó antes de volverlo a dejar en el suelo. Ante las exageradas risas de los tramoyistas, Fauchery se puso pálido, los labios le temblaron y estuvo a punto de revolverse mientras Mignon, haciéndose el bondadoso, le arreaba unos cariñosos manotazos en los hombros capaces de partirle en dos, repitiendo:
—Es que me interesa mucho su salud, caramba. SerÃa bonito que le sucediera algo.