Nana

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Entonces hubo un largo murmullo: «¡El príncipe, el príncipe!», y todos volvieron los ojos hacia la puertecita de la sala. No se veían más que los anchos hombros de Bordenave y su cuello de carnicero, que se inclinaba y se deshacía presentando una serie de saludos obsequiosos. Luego apareció el príncipe, alto, fuerte, barba rubia y piel rosada, con una distinción innata y cuya robustez resaltaba bajo el corte irreprochable de su levita. Detrás de él seguían el conde Muffat y el marqués de Chouard. Aquel rincón del teatro estaba oscuro y el grupo se desvanecía en medio de grandes sombras móviles. Para hablar a un hijo de rey, al futuro heredero de un trono, Bordenave había adoptado una voz de exhibidor de osos, temblorosa y falsamente emocionada. Repetía:

—Si Su Alteza se digna seguirme… Si Su Alteza se dignase pasar por aquí… Tenga cuidado Su Alteza…

El príncipe no se apuraba lo más mínimo, sino al contrario; muy interesado, se retrasaba observando las maniobras de los tramoyistas.




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