Nana

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Acababan de bajar un rastrillo, y la batería de gas, suspendida en sus mallas de hierro, iluminaba la escena con una larga raya de claridad. Muffat, que nunca había visto ni los bastidores de un escenario, estaba muy asombrado, sintiendo cierto malestar, una vaga repugnancia mezclada de miedo. Levantaba los ojos hacia la bóveda, en donde otros rastrillos, cuyos mecheros habían bajado, semejaban constelaciones de estrellitas azuladas en medio de aquel caos del telar y de cuerdas de todos los tamaños, de las pasarelas y los telones colgados como inmensas sábanas puestas a secar.

—¡Cargad! —gritó de pronto el jefe de tramoyistas.

Fue preciso que el mismo príncipe previniera al conde. Bajaban un telón. Se colocaba el decorado del tercer acto, la gruta del monte Etna. Unos hombres colocaban los mástiles en los laterales, otros iban a recoger los bastidores de las paredes del escenario y los ataban a los mástiles con fuertes cuerdas. En el fondo, para producir la llamarada que arrojaba la fragua ardiente de Vulcano, un técnico había fijado un candelabro, del que encendió los mecheros protegidos con cristales rojos. Aquello era una confusión, una apariencia de atropello, en la cual estaban regulados hasta los menores detalles, mientras que, en medio de aquel apresuramiento, el apuntador, para estirar las piernas, paseaba de un lado a otro.


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