Nana
Nana El conde de Vandeuvres se llevó a Blanche, pero el nombre de Nana, como un eco, ya se oÃa en los cuatro rincones del vestÃbulo, en un tono más alto y con un deseo aumentado por la espera.
¿Es que aún no empezaba? Los hombres se sacaban su reloj, los retrasados saltaban de su coche antes de que se detuviese, los grupos dejaban la acera, donde los paseantes atravesaban despacio la franja de luz, que estaba ya desierta, y alargaban el cuello para echar una mirada al teatro. Un pilluelo que llegaba silbando se plantó delante de un cartel, en la puerta, y gritó con voz aguardentosa: ¡Eh, Nana! y prosiguió su camino, desmadejado y arrastrando sus zapatos rotos. Le coreó una carcajada, y varios señores muy dignos repitieron: ¡Nana! ¡Nana! Se estrujaban; una disputa en la taquilla; los rumores aumentaban, y una serie de voces llamando a Nana, exigiendo a Nana, en una de esas ráfagas de estupidez y de brutal sensualidad que arrebata a las multitudes.
Pero la campanilla del entreacto se pudo oÃr por encima de aquel alboroto. Un rumor llegó hasta el bulevar: «Ya han avisado, ya han avisado» y entonces hubo una avalancha, pues todos querÃan pasar, y los porteros se multiplicaban en las puertas de entrada. Mignon, con inquietud, al fin logró llevarse a Steiner, que no habÃa ido a ver el traje de Rose. Al primer campanillazo, Héctor de la Faloise se abrió paso entre la multitud, y arrastró a Fauchery para no perderse la obertura.