Nana

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Escandalizado, Bordenave se contuvo para no pegarles una patada en el trasero. Pero el príncipe sonreía, dichoso y excitado por haber oído aquello, envolviendo con la mirada a la jovencita, que no prestaba la menor atención a Su Alteza y se reía con descaro. No obstante, Bordenave se llevó de allí al príncipe y le decidió a seguirle. El conde Muffat, sudoroso, acabó por quitarse el sombrero, y lo que más le incomodaba era la pesadez del aire, que extremaba el calor, y olía la pintura de los bastidores, la peste del gas, la cola de los decorados, la suciedad de los rincones oscuros y el dudoso olor de los figurantes. Por el pasillo aún aumentaba el sofoco; la acidez de las aguas de tocador y el perfume de los jabones le cortaban la respiración. Al pasar, el conde echó un vistazo al hueco de la escalera, y al levantar la cabeza bruscamente sintió la ola de luz y de calor que le caía sobre la nuca. Arriba había un ruido de palanganas y un rumor de risas y llamadas, una serie de portazos que dejaban paso a aromas de mujer y al almizcle de los afeites mezclados a la rudeza leonada de las cabelleras. Y no se detuvo, apresurando su marcha, casi huyendo, mientras se llevaba a flor de piel el estremecimiento producido por aquella ardiente brecha que le mostraba un mundo ignorado hasta entonces.

—¡Qué curioso es un teatro por dentro! —decía el marqués de Chouard, encantado como un hombre que está en su casa.


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