Nana

Nana

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Pero Bordenave ya había llegado al camerino de Nana, en el fondo del pasillo. Levantó tranquilamente el pestillo de la puerta y, apartándose, dijo:

—Si Su Alteza desea entrar…

Un grito de mujer sorprendida se oyó al instante, y vieron que Nana, desnuda hasta la cintura, escapaba a esconderse tras una cortina mientras su camarera, que la secaba, permanecía con la toalla en las manos.

—¡Es una bestialidad entrar así! —protestó Nana escondida—. No entren; ¿no ven que no se puede entrar?

Bordenave pareció disgustarse por aquella huida.

—Venid aquí, querida; eso no es nada —dijo—. Se trata de Su Alteza. Vamos, no seáis chiquilla.

Y como ella se negaba a aparecer, todavía sorprendida pero riéndose, él añadió con voz áspera y paternal:

—Por Dios, Nana… Estos señores saben muy bien cómo está hecha una mujer. No se os van a comer.

—Yo no aseguraría tanto —dijo finamente el príncipe.

Todo el mundo se rió de una manera exagerada, para halagarle. Una frase exquisita, muy Parisiense, como observó Bordenave. Nana no respondía; la cortina se movía y sin duda se decidía. Entonces el conde Muffat, rojas las mejillas, se puso a examinar el cuarto.


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