Nana
Nana Era una habitación cuadrada, baja de techo y forrada por una tela de color habano claro. La cortina era de la misma tela, sostenida por una varilla de latón, que protegía una especie de gabinete. Dos amplias ventanas se abrían sobre el patio del teatro, a tres metros o más de una pared sucia, contra la cual, en la oscuridad de la noche, los cristales proyectaban cuadros amarillos. Un gran espejo giratorio quedaba frente a un tocador de mármol blanco, adornado con una gran cantidad de frascos y botes de cristal para los aceites, las esencias y los polvos.