Nana
Nana El conde se acercó al espejo, muy encarnado y con finas gotas de sudor brillándole en la frente; bajó la vista y fue a colocarse delante del tocador, pareciendo que la palangana llena de agua jabonosa, los pequeños frascos de marfil y las esponjas húmedas le llamaban la atención. Aquel vértigo que había sentido en su primera visita a casa de Nana, en el bulevar Haussmann, le invadía nuevamente. Bajo sus pies, sentía hundirse la espesa alfombra del camerino; los mecheros de gas, que ardían en el tocador y junto al espejo, le silbaban en las sienes. Por un momento temió desfallecer ante aquel olor a mujer que volvía a encontrar, caldeado y multiplicado por aquel techo bajo; se sentó en el borde del sillón acolchado que había entre las dos ventanas, pero se levantó en seguida para volver al tocador, sin mirar nada, con los ojos hacia el vacío, pensando en un ramillete de nardos que se habían marchitado en otros tiempos en su dormitorio y que estuvo a punto de matarle. Cuando los nardos se descomponen, exhalan un olor humano.
—¡Apresúrate! —murmuró Bordenave, asomando la cabeza por detrás de la cortina.
El príncipe escuchaba complacido al marqués de Chouard, quien, cogiendo del tocador la pata de liebre, explicaba cómo se esparcía la crema blanca. En un rincón, Satin, con su rostro virginal, contemplaba a los señores, mientras la camarera, Jules, preparaba las mallas y la túnica de Venus.