Nana
Nana Jules carecía de edad, con su rostro apergaminado y sus rasgos inmóviles, de solterona que nadie ha conocido joven. Se había disecado en el ambiente caldeado de los camerinos, en medio de los muslos y los pechos más célebres de París. Vestía un eterno traje negro, desteñido, y sobre su corpiño plano y sin sexo, un puñado de alfileres clavados en el sitio del corazón.
—Les pido perdón, señores —dijo Nana apartando la cortina— pero me han sorprendido.
Todos se volvieron. No se había acabado de vestir, pues sólo se había abotonado un pequeño corpiño de percal que apenas le ocultaba el pecho.
Cuando aquellos señores la hicieron huir, se estaba quitando rápidamente su traje de verdulera. Por la espalda, el pantalón todavía dejaba asomar un poco de camisa. Y con los brazos desnudos, los hombros descubiertos y la punta de sus senos al aire en su adorable juventud de rubia llenita, seguía sosteniendo la cortina con una mano, como para cerrar nuevamente a la menor impertinencia.
—Sí, he sido sorprendida, pues nunca me atrevería… —balbuceó, simulando confusión, con rosados matices en el cuello y sonrisas forzadas.
—Vamos, pero si estáis muy bien —aseguró Bordenave.