Nana

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Ella aún arriesgó ademanes vacilantes de ingenua, moviéndose como si le hiciesen cosquillas, y repitiendo:

—Su Alteza me hace un gran honor… Ruego a Su Alteza que me excuse si le recibo así.

—Soy yo el inoportuno —dijo el príncipe— pero no pude, señora, resistir el deseo de felicitarla.

Entonces, tranquilamente, para ir al tocador, pasó en pantalón entre aquellos señores, que le dejaron paso. Tenía las caderas muy amplias e hinchaban el pantalón; con el pecho hacia delante, se inclinaba y saludaba con su fina sonrisa. De pronto pareció reconocer al conde Muffat, y le tendió la mano amistosamente. Luego le reprendió por no haber asistido a su cena.

Su Alteza se dignó bromear con Muffat, que tartamudeaba, estremecido por haber tenido un segundo en su ardiente mano aquella manita fresca por las aguas del tocador.

El conde había cenado fuerte con el príncipe, que era gran comilón y mejor bebedor, y estaban un poco alegres, pero se mantenían muy dignos. Muffat, para ocultar su turbación, no encontró más que una frase sobre el calor.

—¡Por Dios, qué calor hace aquí! ¿Cómo podéis, señora, vivir con esa temperatura?


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