Nana

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En la sala, Fauchery y Héctor se quedaron en pie ante sus butacas mirando nuevamente en torno suyo. Ahora resplandecía el salón. Las altas llamas de gas iluminaban la gran lámpara de cristal con un chorro de luces amarillas y rosas que, desde la bóveda hasta el patio, se rompían en una lluvia de claridad. El terciopelo granate de las butacas espejeaba como la laca, los dorados resplandecían y los adornos verdosos suavizaban su brillo bajo las pinturas demasiado crudas del techo. Alzada, la batería del proscenio, con su violenta luz, parecía incendiar el telón, cuyos pesados cortinajes de púrpura tenían una riqueza de palacio fabuloso, en contraste con la pobreza del marco, en el cual las grietas descubrían el yeso debajo del dorado. Hacía ya calor. Los músicos, ante sus atriles, afinaban sus instrumentos, con ligeros trinos de flauta, suspiros ahogados de trompa y susurros de violín, que se perdían en medio del rumor creciente de voces. Todos los espectadores hablaban, se empujaban y se colocaban tras su asalto a las butacas; la avalancha de los pasillos era tan violenta que las puertas casi no dejaban paso a la interminable ola de gente. Todo eran signos de llamada, roces de vestidos, desfile de faldas y peinados, mezclados con el negro de un frac o de una levita. No obstante, las filas de butacas se llenaban poco a poco, un traje claro se destacaba, una cabeza de perfil delicado inclinaba su moño y resplandecía el brillo de una joya. En un palco, un trozo de hombro desnudo se destacaba con su blancura de seda. Otras mujeres se abanicaban con languidez mientras seguían con la mirada los empellones de la multitud; entre tanto, los jóvenes caballeros, de pie en la platea, con el chaleco muy abierto y una gardenia en el ojal, enfocaban sus gemelos con la punta de sus enguantados dedos.


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