Nana

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Mientras tanto, el director de orquesta levantaba su batuta y los músicos iniciaban la obertura. Seguía entrando gente, y la agitación y el ruido aumentaban. Entre aquel público especial de los estrenos, público que no cambiaba nunca, había pequeños grupitos de amigos que volvían a encontrarse y sonreían. Los abonados, con el sombrero puesto y con la familiaridad de la costumbre, se saludaban entre sí. Todo París estaba allí, el París de las letras, de las finanzas y del placer, muchos periodistas, algunos escritores, hombres de Bolsa, y más mujeres públicas que honradas; mundo singularmente mezclado, compuesto por todos los genios y halagado por todos los vicios y en cuyos rostros se reflejaban la misma fatiga y la misma ansiedad. Fauchery, respondiendo a las preguntas de su primo, le señaló los palcos de la Prensa y de los círculos; luego le nombró a los críticos dramáticos, entre ellos a uno delgado, de aspecto descarnado y con finos labios maliciosos, y especialmente a uno gordo con cara de bonachón que se apoyaba en el hombro de su vecina, una ingenua a la que protegía con una mirada paternal y tierna.

Pero se interrumpió al ver que Héctor de la Faloise saludaba a las personas que ocupaban un palco central. Se quedó sorprendido.

—¿Cómo? ¿Conoces al conde Muffat de Beauville?


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