Nana
Nana Mientras tanto, Fauchery se convirtió en el acompañante habitual de la condesa Sabine, y el conde se ausentaba todas las tardes. Cuando iban al extremo del parque le llevaba su silla de tijera y su sombrilla. Por otra parte, la divertía con su ingenio barroco de periodista, empujándola a una de esas intimidades súbitas que autoriza el campo. Ella había parecido entregarse inmediatamente, despertada a una nueva juventud, en compañía de aquel mozo de ingenioso humor que parecía que no podía comprometerla. Y a veces, cuando se encontraban solos durante un segundo tras un matorral, sus ojos se buscaban; se detenían en lo mejor de su alegría, bruscamente serios y con una mirada fija, como si se hubiesen comprendido y compenetrado.