Nana

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El viernes, a la hora del almuerzo, hubo que poner otro nuevo cubierto. El señor Théophile Venot, que la señora Hugon recordó haber invitado el invierno último en casa de los Muffat, acababa de llegar. Encorvaba la espalda y fingía una bondad insignificante, sin dar muestras de advertir la inquieta diferencia que le testimoniaban. Cuando hubo conseguido que le olvidasen, mientras mordisqueaba trocitos de azúcar en los postres, examinaba a Daguenet, que pasaba fresas a Estelle y escuchaba a Fauchery, quien contaba una anécdota que divertía mucho a la condesa. Cuando le miraban, sonreía con gesto apacible. Al levantarse de la mesa, cogió del brazo al conde y se lo llevó hacia el parque. Se sabía que ejercía una gran influencia sobre el conde después de la muerte de su madre. También se contaban historias extrañas respecto al dominio que siguió teniendo en la casa el antiguo abogado. Fauchery, a quien sin duda molestaba su llegada, contaba a Georges y a Daguenet los orígenes de su fortuna: un gran proceso que en otros tiempos le confiaron los jesuitas; según él, aquel buen hombre, un terrible señor con su cara dulce y fofa, participaba en todos los enredos de la clerigalla.





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