Nana

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Los dos jóvenes se pusieron a bromear, porque le encontraban al vejete aire de idiota. Además, aquella idea de un Venot desconocido, de un Venot gigantesco, instrumento para el clero, les parecía una divertida invención. Pero se callaron cuando el conde Muffat reapareció, siempre del brazo del buen hombre, muy pálido y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado.

—Seguramente habrán hablado del invierno —murmuró Fauchery en tono zumbón.

La condesa Sabine, que lo oyó, volvió lentamente la cabeza, y sus ojos se encontraron, en una de esas penetrantes miradas con las que se sondea prudentemente antes de arriesgarse.

Después de almorzar acostumbraban a dirigirse al extremo del parterre, donde había un mirador que dominaba la llanura.

La tarde de aquel domingo era de una exquisita tibieza. Hacia las diez habían temido que lloviese, pero el cielo, sin despejarse, se fundió en una especie de neblina lechosa, un polvillo luminoso dorado de sol.


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