Nana

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La señora Hugon propuso entonces descender por la puertecilla del mirador y dar un paseo a pie, hacia la parte de Gumières, hasta la Choue, pues a ella le gustaba caminar, aún muy ágil para sus sesenta años. Además, todo el mundo convino en que no se necesitaba coche. Así llegaron, un poco a la desbandada, hasta el puente de madera que cruzaba el río. Fauchery y Daguenet abrían la marcha y Muffat acompañaba a las señoras; el conde y el marqués seguían detrás con la señora Hugon, y Vandeuvres, con semblante correcto y aburrido, les seguía a todos, fumándose un cigarro. El señor Venot, acortando o alargando el paso, iba de un grupo a otro con su sonrisa, como para oírlo todo.

—¡Y ese pobre Georges está en Orleáns! —repetía la señora Hugon—. Ha querido consultar al anciano doctor Tavernier, que nunca sale de su casa, sobre sus jaquecas. Sí, ustedes aún estaban en la cama cuando se fue a las siete. Pero eso siempre le distraerá.

Se interrumpió para decir:

—Vaya, ¿qué sucede para que se detengan en el puente?

En efecto, las señoras, Daguenet y Fauchery se habían parado en la entrada del puente, dudando, como si un obstáculo les inquietase. No obstante, el camino estaba libre.

—¡Adelante! —gritó el conde.


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