Nana
Nana No se movieron, mirando algo que se acercaba y que los otros aún no podían ver. El camino hacía un recodo, bordeado por un telón de álamos. Un rumor sordo iba creciendo, ruido de coches mezclados con carcajadas y chasquidos de látigo. Y, de repente, cinco coches aparecieron en fila, atestados hasta romper las ballestas y animados por un espesor de atuendos claros, azules y rosas.
—¿Qué es eso? —dijo la señora Hugon sorprendida.
Luego lo sintió, lo adivinó y se sublevó ante semejante invasión de su camino.
—¡Oh, esa mujer! —murmuró—. Seguid, seguid como si no los viesen.
Pero ya no había tiempo. Los cinco coches, que conducían a Nana y sus amistades a las ruinas de Chamont, entraban en el puentecito de madera. Fauchery, Daguenet y las señoras que iban con Muffat tuvieron que retroceder, y la señora Hugon y los demás también se detuvieron, escalonados a lo largo del camino. Fue un soberbio desfile. Las risas habían cesado en los coches y los rostros se volvieron con curiosidad. Se miraron frente a frente, en medio de un silencio que sólo interrumpía el trote cadencioso de los caballos.