Nana
Nana María Blond y Tatán Néné, recostadas como duquesas en el primer coche, ahuecaban las faldas por encima de las ruedas y tenían miradas desdeñosas para aquellas mujeres honradas que iban a pie. A continuación Gagá llenaba una banqueta, ahogando a su lado a Héctor de la Faloise, del que sólo se veía su inquieta nariz.
Después seguían Caroline Héquet con Labordette, Lucy Stewart con Mignon y sus hijos, y al final, ocupando una victoria con Steiner, iba Nana, que llevaba ante sí, sentado en banquillo plegable, al pobre pequeño Zizí, que hundía las rodillas entre las suyas.
—Es la última, ¿verdad? —preguntó tranquilamente la condesa a Fauchery, simulando no reconocer a Nana.
La rueda de la victoria casi la rozó, sin que ella diese un paso atrás. Las dos mujeres habían cambiado una profunda mirada, uno de esos exámenes de un segundo, completos y definitivos. Los hombres, por su parte, se portaron dignamente. Fauchery y Daguenet, muy fríos, no reconocieron a nadie. El marqués, ansioso, temiendo una broma por parte de aquellas señoras, había cortado una brizna de hierba que retorcía entre sus dedos. Sólo Vandeuvres, que permanecía un poco apartado, saludó con los ojos a Lucy, que le sonrió al cruzarse.
—¡Cuidado! —recomendó el señor Venot, de pie tras el conde Muffat.