Nana
Nana Éste, trastornado, seguía con los ojos aquella visión de Nana que corría ante él. Su mujer, lentamente, se había vuelto y lo observaba. Entonces miró al suelo, como si en su galope los caballos se le llevasen la carne y el corazón.
Hubiera gritado de dolor, porque acababa de comprenderlo todo al ver a Georges pegado a las faldas de Nana. ¡Un chiquillo! Le desgarraba que pudiese preferir a un niño. Steiner le daba igual, ¡pero aquel chiquillo…!
Sin embargo, la señora Hugon no había reconocido a Georges en un principio. Él, al atravesar el puente, hubiera saltado al río si las rodillas de Nana no le hubiesen retenido. Entonces helado, blanco como el papel, se mantuvo muy tieso, no miró a nadie. Acaso no le viesen.
—¡Ah, Dios mío! —dijo de pronto la anciana—. ¡Es Georges quien va con ella!