Nana
Nana Los coches habían cruzado por entre aquel grupo de personas que se conocían y no se saludaban. Aquel delicado encuentro, tan rápido, parecía haberse eternizado. Y ahora las ruedas llevaban más alegremente por la dorada campiña a aquellas carretas de rameras azotadas por el aire; los extremos de sus vivos tocados flotaban, las risas volvieron a empezar, entre bromas y miradas atrás, hacia aquellas personas decentes que permanecían a la orilla del camino con gesto contrariado. Nana, al volver el rostro, pudo ver a los paseantes que vacilaban y luego retrocedían sobre sus pasos, sin atravesar el puente. La señora Hugon se apoyaba en el brazo del conde Muffat, muda y tan triste que nadie se atrevía a consolarla.
—Dime —gritó Nana a Lucy, que se asomaba en el coche vecino— ¿has visto a Fauchery, querida? ¡Menuda pieza! Me lo pagará. Y Paul, un muchacho con quien he sido tan buena. Ni siquiera una seña. ¡Vaya educación!
E hizo una escena a Steiner, quien encontraba muy correcta la actitud de aquellos señores. Entonces, ¿ellas no se merecían un sombrerazo? ¿Podía insultarlas el primer tipejo que apareciese? Gracias, él también era muy educado. A la mujer nunca se le niega un saludo.
—¿Quién era la alta? —preguntó Lucy a voces.
—La condesa Muffat —respondió Steiner.