Nana

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—Me lo suponía —repuso Nana—. Pues, querido, para ser condesa, no es gran cosa… Sí, sí, no es gran cosa… Ya sabe, yo tengo ojo. Ahora conozco a vuestra condesa como si la hubiera parido. ¿Quiere apostar que se acuesta con esa víbora de Fauchery? Les digo que se acuesta. Eso es algo que se huele entre mujeres.

Steiner se encogió de hombros. Desde la víspera su mal humor no hacía más que aumentar había recibido unas cartas que le obligaban a partir al día siguiente; además, no era divertido ir al campo para dormir en el diván del salón.

—¡Y este pobre Bebé! —repuso Nana súbitamente enternecida al darse cuenta de la palidez de Georges, que se había quedado tieso y con la respiración cortada.

—¿Crees que mi mamá me ha reconocido? —balbuceó finalmente.

—Sí, casi seguro. Ha gritado. También es culpa mía. No querías ser de la partida y yo te he obligado… Oye, Zizí, ¿quieres que escriba a tu madre? Tiene aspecto respetable. Le diré que nunca te había visto, que ha sido Steiner quien te ha traído hoy por primera vez.

—No, no; no escribas —dijo Georges muy inquieto—. Ya lo arreglaré yo mismo… Además, si me fastidia, no vuelvo. Pero se quedó absorto, buscando las mentiras para aquella noche.


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