Nana

Nana

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Los cinco coches continuaron por la llanura, en una interminable y recta cartera bordeada de hermosos árboles. El aire, de un gris plateado, bañaba la campiña. Aquellas mujeres proseguían lanzándose frases de un coche a otro, a espaldas de los cocheros, que reían con aquella gente tan divertida. De vez en cuando una de ellas se levantaba para ver, luego se empeñaba en continuar a pie, apoyada en el hombro de un vecino, hasta que una sacudida la sentaba en su banqueta.

Caroline Héquet conversaba animadamente con Labordette, estando los dos de acuerdo en que Nana vendería su finca antes de tres meses, y Caroline le encargaba a Labordette que se la comprase por poco dinero. Ante ellos, Héctor de la Faloise, muy enamorado y no pudiendo alcanzar la nuca apoplética de Gagá, le besaba la espalda, sobre el vestido, en un punto en que la tela estirada parecía reventar, mientras que tiesa, al borde de su asiento, Amélie les decía que acabasen, molesta por estar allí, con los brazos colgándole y viendo cómo besaban a su madre.






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