Nana
Nana En otro coche, Mignon, para asombrar a Lucy, exigĂa a uno de sus hijos que recitase una fábula de La Fontaine; Henri, sobre todo, era prodigioso, y las soltaba de un tirĂłn y sin equivocarse. Pero MarĂa Blond se aburrĂa, cansada ya de burlarse de la boba de Tatán NĂ©nĂ©, a quien le decĂa que las lecherĂas de ParĂs fabricaban huevos con cola y azafrán. Aquello estaba muy lejos, Âżno llegarĂan nunca? Y la pregunta, pasando de coche en coche, llegĂł hasta Nana, quien, despuĂ©s de enterarse por su cochero, se levantĂł para gritar:
—TodavĂa falta un cuarto de hora. Veis allá abajo aquella iglesia, detrás de aquellos árboles… —Luego añadió—: ÂżNo sabĂ©is? Parece que la propietaria del castillo de Chamont es una anciana del tiempo de NapoleĂłn… Una juerguista, me ha dicho Joseph, que lo sabe por los criados del obispo; una juerguista como hay pocas. Ahora anda metida entre curas.
—¿Cómo se llama? —preguntó Lucy.
—Señora D’Anglars.
—Irma D’Anglars. Yo la he conocido —gritó Gagá.